Algo pasa… pero xenofobia no es!

Panamá Puente del Mundo, Corazón del Universo.  Panamá Pro Mundi-Beneficio.   Desde que nacemos nos acostumbramos a escuchar estas frases, las entendemos y las practicamos a diario.   Crecimos en medio de personas de muchas nacionalidades.  Los gringos estuvieron aquí desde siempre, el chinito de la tienda, la señora dominicana del salón de belleza, o el chico colombiano novio de la vecina.

Y hasta compañeros de clases que viven en Panamá desde hace aaaaños y siempre nos cuentan como era la vida en su país.   Todos escuchamos al indostán vender perfumes y sábanas de casa en casa, y la colonia judía que vemos caminar los sábados hacia la sinagoga.   ¿Y el árabe dueño del negocio de la zona libre que vende bien barato los electrodomésticos?

Siempre, siempre, desde mucho antes de ser República independiente hemos convivido con extranjeros.  Y a todos los hemos tratado como uno más de nosotros, es más, le abrimos la puerta de nuestra casa, y le ofrecemos sentarse en nuestra mesa.

Los panameños somos, sí, lo somos, buenos anfitriones, amigables y dadivosos.  No somos xenofóbicos, sin embargo no podemos negar que algo sucede.  Con la llegada masiva de venezolanos huyendo de su país, el ánimo jovial del panameño se afectó; quizás por el caracter de los recién llegados, o los comentarios maintencionados de algunos de ellos.  Si embargo, estoy segura que podremos sortear este momento.

A ellos les digo que entiendan que están en Panamá, aquí somos fiesteros, alegres en demasía, lentos para tomar algunas decisiones, somos “frenteros” y nos gusta que nos digan las cosas tal cual, que no nos vengan con cuentos pues.  Aquí pueden vivir, pero bajo nuestras reglas, nuestras costumbres.  Son bienvenidos, pero bajo nuestros parámetros.  Hay que ajustarse, es normal.  No podemos ir a la casa del vecino a decirle lo feos que son sus muebles.

Panamá, es y seguirá siendo un crisol de razas, con una mezcla de culturas increíble, que lejos de rebajarnos como panameños, nos enaltece como seres humanos.  Quiero seguir siendo ese crisol, recibiendo a los visitantes con el mismo cariño de siempre, darles un fuerte abrazo cuando sientan la melancolía de no estar en su tierra.  Seguiré compartiendo mi plato de comida, como dice mi abuelita, con cualquiera que lo necesite.

Total, las fronteras están en nuestra mente no en nuestro corazón.

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